-¡Ah! He aquí un súbdito -exclamó el rey cuando vio al principito.
Y el principito se preguntó:
-¿Cómo puede reconocerme si nunca me ha visto antes?
No sabía que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
-Acércate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser al fin rey de alguien.
EL principito buscó con la mirada un lugar donde sentarse, pero el planeta estaba totalmente cubierto por el magnífico manto de armiño. Quedó, pues de pie, y como estaba fatigado, bostezó.
-Es contrario al protocolo bostezar en presencia de un rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.
-No puedo impedirlo -respondió confuso el principito-. He hecho un largo viaje y no he dormido...
-Entonces -le dijo el rey- te ordeno bostezar. No he visto bostezar a nadie desde hace años. Los bostezos son una curiosidad para mí. ¡Vamos!, bosteza otra vez. Es una orden.
-Eso me intimida..., no puedo... -dijo el principito, enrojeciendo.
-¡Hum! ¡Hum! -respondió el rey-. Entonces te... te ordeno bostezar o no bos...
Farfulló un poco y pareció irritado.
El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables.
(Saint-Exupery)
martes, 3 de abril de 2007
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