viernes, 6 de abril de 2007

¡Pobre Kreutzer!

En la época en que Rodolphe Kreutzer pasaba por ser un violinista de talento, Beethoven le dedicó su Sonata para piano y violín, opus 47, la novena que había compuesto. Kreutzer, que la consideró «ininteligible», se negó siempre a tocarla en público.
En 1962 la sonata fue grabada por David Oistrakh y Lev Oborin. En la funda del disco, Jean Massin cuenta la historia y termina su texto así: «¿Hay que decir: ¡Pobre Beethoven! o ¡Pobre Kreutzer!?»


Admitamos la proposición de que uno de los dos sea digno de lástima; la pregunta deja mal sabor de boca y no puede satisfacer.
Por un lado, ¡pobre Kreutzer!, elección (falsamente) metafísica, pues Kreutzer no sufrió menoscabo alguno. Por el otro, ¡pobre Beethoven!, elección evidentemente más sincera, pero que reduce el patetismo del ser a la desdicha encarnada.
En el fondo, bien mirado, la pregunta planteada es la del tiempo.
¿En qué tiempo nos situamos?
¿En qué tiempo situamos el valor de las cosas y las palabras?


El tiempo: el único tema.


(Reza)

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